La pasión de un desahogo.


La pasión de un desahogo.

C. V. Lapoint.

Era ya muy tarde por la noche.
Annie se sentía agobiada. Harta. Fastidiada. Con apenas la fuerza para cargar con el peso de su alma y las expectativas de lo que una idealizada, pero inalcanzable, vida perfecta sería. El bar estaba mayormente vacío y el único sonido distinguible era el de las bocinas y aquella música de los noventas por la que el dueño tenía una clara fijación.
El medio y quinto trago de cerveza apenas y servía para ahogar las penas. Entonces Annie volteó, pues alguien acaba de entrar, y él era alto, con definida musculatura y barba de candado; ojos azules resplandeciendo como las riquezas del más poderoso y una postura segura, seguida de un andar decidido de un temple incomparable. El hombre se sentaría en la barra a lado de ella, en ese momento estaba la música, la tensión del silencio... Y ellos.
"Te ves muy angustiada para una persona que está a solas en un bar" diría él sin verla a la cara.
Y ella respondería diciendo "pues la vida resultó no ser lo que soñaba, pero tú te ves muy solitario para alguien con tu físico ".
Él dejaría salir una sonrisa que al ser vista por ella aceleró el palpitar de su corazón, para cuando al fin se vieron a los ojos sólo existían ellos dos.
Y antes de darse cuenta, el calor de la habitación de un hotel sería su único cobijo. Con la fuerza suficiente para hacerla suspirar, y con el deseo vehemente para dar todo de sí misma, en ese momento las palabras salían sobrando, sólo se necesitó de la reconfortante cama de un hotel, de las paredes de una habitación apenas iluminada por una lámpara, y de la suficiente fuerza para dejar a la ventana sin las cortinas que hacían de las sombras su único rastro de discreción.
Al verse finalmente en el espejo en un momento de catarsis, Annie vió a la mujer que vivía bajo la presión de sus esperanzas y sueños y de todos esos pagos, deudas, deberes y pendientes que invadían su vida cada vez más. Llena de determinación, apretando los dientes y con firmeza se convenció de que lo hacía bien y que esa noche sólo había una cosa por hacer.
Enloquecer en los brazos de él.

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