El canto de la mujer harapienta.
El canto de la mujer harapienta.
C. V. Lapoint.
Me veo en la inevitable necesidad de contar la historia que dejó una marca en mi vida así como la tinta marca el papel que ahora yace frente a mí.
Vivo en la sombría y olvidada ciudad de Vielle, un lugar que se muestra hostil con los forasteros y frío con sus habitantes que, en general, son poco hospitalarios. Estaba por ponerse el sol; ya había finalizado el día y de pronto llegó ella, la mujer que vestía con harapos y cantaba canciones de cuna con pasión y un tono hermoso en su suave voz. Dicho de ese modo, parecería que no hay nada de malo, simplemente era una mujer con un ropaje en pésimo estado que todos los días solía cantar canciones de cuna; intuyo que ella las escribía. El problema era, precisamente, su delicado canto hipnótico que me impedía concentrarme en cualquier otra cosa. Robaba mi paz mental y revolvía mi estómago con fuerza gracias a los suaves tonos de su voz, razón por la que decidí detener aquella situación.
Se acercaba el atardecer y me encontraba esperando afuera de mi casa. Luego de unos pocos minutos, pude verla y... Escucharla. Había llegado a la misma hora de siempre. Por alguna razón, ver su silueta en la lejanía hacía palpitar mi corazón con una fuerza y velocidad anormal, las puntas de su cabello parecían pintarse con la luz del atardecer y no pude evitar que de mi boca saliera un suspiro.
—Buenas tardes, señorita— la saludé de un modo cortés mientras veía lo deteriorado de su vestido, sus botas gastadas que le quedaban algo grandes y su cuidado pero a la vez despeinado y hermoso cabello, un poco corto y oscuro.
Ella se detuvo y se quedó de pie en frío silencio. Ya de cerca, noté su baja estatura, a pesar de no ser particularmente intimidante yo sentía cierto nerviosismo ante la posibilidad de ofenderla por error con mis palabras.
—Lo siento por detenerla de este modo, pero a pesar de que su canto es en verdad bello, necesito que deje de venir cantando; su voz resulta serme un gran distractor y tenía que decirle la verdad.
A pesar de que hablé con educación, sentí que mis palabras eran ofensivas.
La mujer sólo levantó un poco la cabeza y con sus delicadas manos apartó el cabello que le cubría el rostro, dejando al descubierto su radiante belleza. Mientras me veía con aquellos entrecerrados y amables ojos, yo evitaba suspirar por ella. Tenía la piel considerablemente pálida; sus labios rosados parecían simular una ligera y amigable sonrisa; su respingada nariz parecía propia de los personajes que solo podrían aparecer en libros para niños y, al igual que sus mejillas, contribuían a completar su adorable apariencia.
—¿A usted le gusta mi canto?— preguntó con su tranquila voz la cual había estado escuchando desde que me mudé a mi nuevo hogar, me distraía tanto con su mirada que solo asentí torpemente —Sin embargo desea que no venga a cantar más, pues bien, me iré para ya no volver. Lamento haberlo molestado— dijo mientras me tomaba de los hombros para así darme un corto y dulce beso en los labios.
Por alguna razón, verla alejándose me hizo sentir un inmenso vacío, como si hubiera perdido algo valioso para mí, como si me hubiera hechizado. Como si algo me faltara pero no podía saber qué. Al día siguiente, desperté sólo imaginando cómo sería tomarla de la mano y en el trabajo pensaba en lo suave de su piel. Pasaron días, semanas, meses hasta que pasó un año y aún no podía sacar su imagen de mis pensaientos. Solo puedo extrañarla e imaginar cómo sería acariciar su hermoso cabello bajo un cálido atardecer, cómo sería apreciar el amanecer a su lado y, más importante aún: deseo volver a escucharla cantar.
***
Favor de darme alguna opinión o crítica y de pasarle esta historia a más gente, sin más que decir, hasta la próxima.

Me parece una historia envolvedora, donde el final te deja con ganas de más pero a la vez también debe cortar ahí pues ¿cuantos no hemos soñado con personas fugaces que pasan por nuestra vida?
ResponderBorrarUn evento canónico.
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